Las penas máximas en un Estado democrático. Releyendo a Robert Badinter

CNPS, Milán 8 de mayo de 2025

Luis Arroyo Zapatero.   Presidente de la Société Internationale de Défense Sociale

Las palabras y las cosas, dueto tan del gusto de Michel Foucault, son hijas de su tiempo. Los hombres y sus ideas también. Así ocurre con Robert Badinter. Recuerdo bien sus palabras en la presentación del proyecto académico del procurador europeo en Luxemburgo cuando al referirse a las primeras instituciones europeas dijo que se crearon cuando “las cenizas de los crematorios estaban todavía tibias”. He repetido mucho la cita, pues la Société Internationale de Defénse Sociale se creó en ese mismo tiempo.

Pero entonces no sabía la historia personal y familiar de Badinter. Especialmente la de su  padre, cuya imagen logó entrever en el lugar de encierro junto con otros judíos franceses en Lyon, en el cuartel de la Gestapo de Klaus Barbi, camino posiblemente de Sobibor, uno de los lugares como aquellos “Cimetiers sous la lune” que denunció Georges Bernanos respecto de la España de Franco. También fue testigo de la más radical de las penas más graves, en el verano de la liberación asistió a la ejecución de varios colaboracionistas condenados por una corte marcial. Del mismo modo aprendió rudamente que el no retorno de su padre y tantos otros era por su asesinato en los campos de exterminio nazis (LEER COMPLETO AQUI)

Valores civiles de un Papa extraordinario y la abolición de la pena de muerte.

Luis Arroyo Zapatero y Antonio Muñoz Aunión

Rector honorario de la Universidad de Castilla La Mancha y Presidente de la Societé Internationale de Défense Sociale / Prof. Derecho Internacional de Universidad de Jaen y director de la Red Académica Internacional contra la Pena de Muerte

La primera sorpresa que nos dio el Papa Francisco fue que no sólo se dirigiera a los católicos o sólo a los cristianos, sino a todas las personas de buena voluntad. Y la primera sorpresa para los juristas fue que en su primer jueves santo en 2013 en vez de ir a lavar los pies impolutos de doce cardenales en el Vaticano se fue a la cárcel juvenil de Regina Coeli y lavó los pies de precisamente doce jóvenes, dos de ellos mujeres y, para colmo, una de ellas musulmana. Estaba así todo dicho. Lo ha vuelto haces este último Jueves Santo. Por si acaso, a los pocos días publicó una “Exhortación apostólica”, con una severa crítica a lo que se ha llamado neoliberalismo y que había llevado a la crisis de 2008, condenando a la miseria a millones de personas y denunciaba ese tratarlos como “descartados”. Al poco publicó la primera encíclica, Laudato sí, con la que acabó con el tratamiento frívolo o negacionista del cambio climático.

Al informarme de la vida entera del nuevo Papa advertí que la precipitada visita a la isla de Lesbos tenía mucho que ver con la condición de emigrantes italianos de sus padres y con la tragedia que suele acompañar a las migraciones, como les ocurrió a quienes se embarcaron en la nave para la que tenían pagados los billetes que les iba a trasladar a las Américas y que naufragó y no pocos murieron, y en la que no llegaron a embarcar por no haber podido vender todavía todas sus pertenencias.

El Papa Francisco ya se había manifestado contra la pena de muerte sin excepciones ante los penalistas de todo el mundo y sus organizaciones científicas internacionales en Roma en 2014. En el mismo trámite formuló la plena descalificación de la prisión perpetua como una pena de muerte encubierta. Pero aunque el catecismo redactado en la edición de 1992 por Juan Pablo II había descalificado ampliamente a la pena de muerte, la mantenía como excepción en el apartado 2267 para “los casos en los que ésta fuere el único camino para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas”, una cláusula que permitía su empleo abusivo en muchos países, como ocurre a los sistemas que se pretenden excepcionales. En esa excepción se apoyaban los católicos extremistas para defenderla o excusarla.

El 20 de marzo de 2015 tuvo lugar una audiencia privada del Papa con Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Comisión internacional contra la pena de muerte, que se había creado en el 2010 a instancia del presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Le acompañábamos Asunta Vivó, secretaria general de la Comisión, Roberto Carles, secretario general de la Asociación latinoamericana de penalistas y criminólogos y quien suscribe. Impresiona severamente estar a solas con el Papa alrededor de la mesa de ese despacho que hemos visto tantas veces cuando recibe a los jefes de Estado. Ver al Papa vestido de tal y hablando en español producía una sensación casi física. Ni él, ni Federico Mayor pararon de hablar de todo, menos de la pena de muerte, porque Francisco al sentarse desplazó sobre la mesa hacia Mayor un texto y le dijo “sobre este asunto ya me ocupo”. Así que Mayor pasó a alertar sobre los hombres de paz que habían sido asesinados desde Kennedy hasta Isaac Rabin. De éste dijo Francisco en argentino que era “un grande”. Contó el Papa lo que pretendía decir en el Congreso americano y en la ONU en el entonces su inmediato viaje, lo que aprovechó Mayor para prevenirle sobre los republicanos, aunque como lector de su primera exhortación apostólica sabía que estaba bien ilustrado. Nosotros no lo supimos hasta más tarde, pero el Papa acababa de ser informado de que a la mañana siguiente en una misa al aire libre en Nápoles se había detectado un posible atentado de la Mafia, que no perdona al Papa que los haya excomulgado. Les pasa lo mismo que a no pocos conservadores católicos, que no les gusta que el Papa les diga lo que está mal.

Pocos meses más tarde fuimos al Vaticano a presentar al Papa el libro que las sociedades científicas habíamos editado acompañando su texto “Por una justicia realmente humana “. Cuando tras entregarle José Luis de la Cuesta el libro me fui yo a presentar, no me dio ocasión a terminar. “Usted es el de la pena de muerte” me espetó, y de seguido ordenó “y dígale a Mayor y a nuestra amiga de Sevilla -Asunción Milá de Salinas, fundadora de la Asociación española contra la pena de muerte en 1977- que he puesto al cardenal Schönborn de Viena a estudiar el asunto y le he dicho que se dé prisa”.  Así fue, afortunadamente, y el 1 de agosto de 2018 lo anunció el Cardenal jesuita español Luis Ladaria, presidente de lo que fue primero Inquisición, luego Santo Oficio y que desde 1965 se llama Congregación para la Doctrina de la Fe. No es solo un cambio de nombre, es la renuncia al fuego purificador.

La carta, expresamente aprobada por el Papa, manifiesta que, si en el pasado la pena de muerte pudo parecer un instrumento aceptable para la tutela del bien común, hoy es cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Dice también que se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales, que deben estar orientadas ante todo a la rehabilitación y reinserción social de los criminales y, en fin, que se han implementado sistemas de detención eficaces que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, todo lo cual ha dado lugar a una nueva conciencia que reconoce la inadmisibilidad de la pena de muerte. La carta asume argumentos anteriores del propio Pontífice, especialmente el de que la pena de muerte implica un trato cruel, inhumano y degradante, que se aplica con amplia discriminación social y racial y que resulta irreparable ante los errores judiciales. Para fundamentar todo se remite a la carta entregada al presidente de la Comisión Internacional Federico Mayor Zaragoza. En efecto, el Papa, como nos dijo en la mentada reunión, se había hecho cargo del asunto y cumplido con lo que estaba en la esfera de su competencia, a la vez que mantenía su compromiso con el movimiento abolicionista internacional. El Papa ha reafirmado el sentido de la reforma del catecismo en su alocución a los miembros de la Comisión internacional contra la pena de muerte con motivo de su visita el 17 de diciembre de 2018. Reconoce allí el Papa que, en el tiempo anterior, el de las primeras reformas del artículo pertinente del catecismo, “no se había alcanzado el grado actual del desarrollo de los derechos humanos y el recurso a la pena de muerte se presentaba como una consecuencia lógica y justa. Incluso en el Estado Pontificio se había recurrido a esta forma inhumana de castigo, ignorando la primacía de la misericordia sobre la justicia”. Con el catecismo renovado la doctrina oficial es que “la pena de muerte es siempre inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona “.

Para los tiempos de la Iglesia el proceso ha sido muy rápido. Fundamentar la abolición en la idea de la dignidad de los seres humanos fue una gran contribución al 70 aniversario de la Declaración universal de los derechos humanos. Francisco ha sido muy coherente con su programa de reformas y de renovadas ideas desde su primerísima exhortación apostólica de 2013 y su crítica visión del orden económico internacional, con su Encíclica sobre el cuidado del medio ambiente, Laudato Si, con su campaña contra el hambre o sus acciones diplomáticas clave en lugares de guerra como Ucrania, Irán, Siria y en los últimos años de nuevo sobre Ucrania y sobre Gaza, o en visitas arriesgadas como a la República centroafricana o a Chile, aunque aquí por muy diversas razones.

El Papa era sobre todo una persona normal, que había conocido los estudios ordinarios, las amistades y el trato de chicos y chicas y de adulto había vivido la tragedia Argentina en la que a la violencia que incorporaba a sectores de la Teología de la Liberación le respondieron unos militares genocidas que, eso sí, eran de misa diaria y tras recibir la comunión de manos del nuncio y del primado ordenaban fríamente arrojar a los presos desde aviones militares en alta mar, tras incontables torturas. Hizo lo que pudo siendo por entonces superior de los Jesuitas y “lo que pudo” siempre es mucho en una dictadura y tiene gran mérito. Entre una teología violenta y una teología genocida a él le encomendaron llevar a cabo la “teología del bien común” y a ello se ha dedicado también todos estos años de papado. Hasta el último día. Merece la pena leer el texto de su bendición urbi et orbi del domingo en la página del Vaticano y completarla con la que fue su primer domingo de resurrección en el año 2013. Se ve a las claras que era un benéfico reformista, un amigo de los seres humanos de buena voluntad, un incondicional de los necesitados y de los discriminados. En este tiempo tempestuoso hemos perdido una buena brújula para perseguir el bien común.

Pero también el último día nos ha incitado a creer en la esperanza, un principio que es también el título de su último libro, La esperanza no defrauda nunca, y que me lleva a recordar su primer año Santo, el de la Misericordia, que es la palabra clásica para lo que hoy llamamos Solidaridad.

Civil values of an extraordinary Pope

Luis Arroyo Zapatero and Antonio Muñoz Aunión

Honorary Rector of the University of Castilla La Mancha, President of the Societé Internationale de Défense Sociale. Prof. of International Law in University Jaen. Founders of the International Academic Network against the Death Penalty. 27 April 2025

The first surprise Pope Francis gave us was that he did not only address Catholics or only Christians, but all people of good will. And the first surprise for jurists was that on his first Holy Thursday in 2013 instead of going to wash the spotless feet of twelve cardinals in the Vatican he went to the Regina Coeli juvenile prison and washed the feet of precisely twelve young people, two of them women and, to top it off, one of them Muslim. It was all said and done. He did it again this last Holy Thursday. Just in case, a few days later, he published an “Apostolic Exhortation”, with a severe criticism of what has been called neoliberalism and which had led to the 2008 crisis, condemning millions of people to misery and denouncing the treatment of them as “discarded”. Soon after, he published his first encyclical, Laudato Sí, which put an end to the frivolous or denialist treatment of climate change.

When I learned about the new Pope’s entire life, I realized that his hasty visit to the island of Lesbos had a lot to do with his parents’ status as Italian emigrants and with the tragedy that often accompanies migrations, as happened to those who boarded the ship for which they had paid the tickets that was to take them to the Americas and which sank and not a few died, and on which they did not board because they had not yet been able to sell all their belongings.

Pope Francis had already spoken out against the death penalty without exceptions before criminal lawyers from all over the world and their international scientific organizations in Rome in 2014. In the same proceedings he formulated the full disqualification of life imprisonment as a death penalty in disguise. But although the catechism written in the 1992 edition by John Paul II had largely disqualified the death penalty, it maintained it as an exception in paragraph 2267 for “cases in which it is the only way to effectively defend human lives from the unjust aggressor”, a clause that allowed its abusive use in many countries, as happens to the systems that claim to be exceptional, in that exception the extremist Catholics relied on to defend or excuse it.

On March 20, 2015, the Pope held a private audience with Federico Mayor Zaragoza, president of the International Commission against the Death Penalty, which had been created in 2010 at the request of President José Luis Rodríguez Zapatero. He was accompanied by Asunta Vivó, secretary general of the Commission, Roberto Carles, secretary general of the Latin American Association of Criminal Lawyers and Criminologists, and the undersigned. It is very impressive to be alone with the Pope around the table in that office that we have seen so many times when he receives heads of state. Seeing the Pope dressed as such and speaking in Spanish produces an almost physical sensation. Neither he nor Federico Mayor stopped talking about everything, except the death penalty, because when Francis sat down he moved a text on the table towards Mayor and told him “I will deal with this matter”. So Mayor went on to warn about the men of peace who had been assassinated, from Kennedy to Isaac Rabin. Of the latter, Francis said that he was “a great man”. He told the Pope what he intended to say in the American Congress and at the UN on his immediate trip, which Mayor took advantage of to warn him about the Republicans, although as a reader of his first apostolic exhortation he knew he was well enlightened. We did not know it until later, but the Pope had just been informed that the following morning at an open-air Mass in Naples a possible Mafia attack had been detected, which does not forgive the Pope for excommunicating them. The same thing happens to them as it does to not a few Catholic conservatives, who do not like the Pope telling them what is wrong.

A few months later we went to the Vatican to present to the Pope the book that the scientific societies had published to accompany his text “For a truly humane justice”. When, after José Luis de la Cuesta gave him the book, I went to present it to him, he did not give me a chance to finish. “You are the one against of the death penalty,” he said, and then ordered, “and tell Mayor and our friend from Seville (Asunción Milá, in this time 95 and today happy 105) that I have asked Cardinal Schönborn from Vienna to study the matter and I have told him to hurry up.  So it was, fortunately, and on August 1, 2018 it was announced by the Spanish Jesuit Cardinal Luis Ladaria, president of what was first Inquisition, then Holy Office and since 1965 has been called the Congregation for the Doctrine of the Faith. It is not just a change of name, it is the renunciation of the purifying fire.

The letter, expressly approved by the Pope, states that, while in the past the death penalty may have seemed an acceptable instrument for the protection of the common good, today there is a growing awareness that the dignity of the person is not lost even after the commission of very serious crimes. It also says that a new understanding of the meaning of penal sanctions has spread, that they must be oriented above all to the rehabilitation and social reintegration of criminals and, finally, that effective systems of detention have been implemented that guarantee the necessary defense of citizens, all of which has given rise to a new awareness that recognizes the inadmissibility of the death penalty. The letter takes up previous arguments of the Pontiff himself, especially that the death penalty implies cruel, inhuman and degrading treatment, that it is applied with broad social and racial discrimination and that it is irreparable in the face of judicial errors. To substantiate all this, he refers to the letter delivered to the President of the International Commission Federico Mayor Zaragoza. In effect, the Pope, as he told us in the aforementioned meeting, has taken charge of the matter and has complied with what is in the sphere of his competence, while maintaining his commitment to the international abolitionist movement. The Pope has reaffirmed the sense of the reform of the catechism in his address to the members of the International Commission against the Death Penalty on the occasion of his visit on December 17, 2018. There the Pope recognizes that, in the previous time, that of the first reforms of the relevant article of the catechism, “the current level of development of human rights had not been reached and recourse to the death penalty was presented as a logical and just consequence. Even in the Papal States this inhuman form of punishment had been resorted to, ignoring the primacy of mercy over justice”. With the renewed catechism the official doctrine is that “the death penalty is always inadmissible, because it violates the inviolability and dignity of the person”.

For Church times the process has been very rapid. Grounding abolition in the idea of the dignity of human beings was a great contribution to the 70th anniversary of the Universal Declaration of Human Rights. Francis has been very consistent with his program of reforms and renewed ideas since his very first apostolic exhortation of 2013 and his critical view of the international economic order, with his Encyclical on care for the environment, Laudato Si, with his campaign against hunger or his key diplomatic actions in places of war like Ukraine, Iran, Syria and in recent years again on Ukraine and on Gaza, or in risky visits like to the Central African Republic or to Chile, although here for very different reasons.

The Pope was above all a normal person, who had known ordinary studies, friendships and dealing with boys and girls and as an adult had lived through the Argentine tragedy in which the violence that incorporated sectors of Liberation Theology was answered by genocidal military who, yes, were daily mass and after receiving communion from the hands of the nuncio and the primate coldly ordered to throw the prisoners from military planes on the high seas, after countless tortures. He did what he could, being at that time superior of the Jesuits, and “what he could” is always a lot in a dictatorship and has great merit. Between a violent theology and a genocidal theology, he was entrusted to carry out the theology of the common good and he has dedicated all these years of papacy to it. Until his last day. It is worth reading the text of his Sunday urbi et orbi blessing on the Vatican website and complete it with what was his first resurrection Sunday in 2013. It is clear that he was a beneficent reformer, a friend of human beings of good will, a stalwart of the needy and the discriminated. In this stormy time we have lost a good compass to pursue the common good.

But also on the last day he urged us to believe in hope, a principle that is also the title of his latest book, Hope Never Defrauds, and which leads me to recall his first Holy Year, the Year of Mercy, which is the classic word for what we call Solidarity today.

(Photo in Santa Martha Closter with Jose Luis de la Cuesta presenting the joint book “Passion of Cruelty”, 2016).

Plena reinstauración de la pena de muerte en USA

Por Luis Arroyo Zapatero y Antonio Muñoz Aunión. Fundadores de la Red Académica Internacional contra la Pena de Muerte.

En el inabarcable catálogo de órdenes ejecutivas se oculta una con la que se enfrentan también a toda la América Latina y Europa y al principio de humanidad: un mes después de tomar posesión como presidente, Donald Trump ha ordenado al Departamento de Justicia a través de la Oficina del Fiscal General la reanudación de la pena capital federal y el levantamiento de la moratoria de s las ejecuciones por la Orden Ejecutiva n. 14164 sobre Restauración de la Pena de Muerte y Protección de la Seguridad pública.

Entre los argumentos que justifican su decisión se encuentra, por un lado, que “el pueblo estadounidense mediante sus representantes legítimos ha reafirmado la eficacia de la pena capital por sus efectos disuasorios, como vehículo para las víctimas de obtener Justicia y satisfacción emocional. De esta forma se reanuda la historia del Departamento de Justicia que ha impulsado condenas de penas de muerte federales para los crímenes más horrendos bajo el imperio del Derecho y se cierra a un periodo en el que la voluntad popular había sido suplantada por creencias personales, durante el cual, violadores de menores, asesinos en masa, terroristas y otros peligrosos criminales dejaron de ser imputados con la pena capital, lo que minó y dañó de forma grave la confianza de la opinión pública en el sistema de justicia penal, para las víctimas de estos crímenes, inacción que traicionó el deber sagrado de hacer Justicia”.

Con objeto de cumplir con la Orden presidencial, el fiscal general ha ordenado “levantar la moratoria de la anterior Administración en vigor desde el 1 de julio de 2021 de manera inmediata, por lo que cuando una pena capital sea impuesta por un tribunal federal, el Departamento procederá a ejecutarla de conformidad con la Ley.  En segundo lugar, “los fiscales federales pedirán la pena capital para los crímenes que el Congreso ha tipificado como capitales y donde no existan circunstancias atenuantes”, a la vez que se amplía el catálogo de delitos para los que hay que instar la pena de muerte, que alcanza incluso a los extranjeros que crucen las fronteras nacionales y se encuentren en los Estados Unidos sin un estatuto legal.

Así mismo, se obliga al Comité de Revisión de Penas capitales de la Oficina del Abogado General a revisar sus decisiones de no pedir la pena capital para aquellos casos en los que se pueda solicitar durante el período de 20 de enero de 2021 hasta el 19 de enero de 2025, revisión que tendrá lugar en un plazo máximo de 120 días, prestándose especial atención a aquellos vinculados con los carteles u organizaciones criminales transnacionales, crímenes capitales cometidos por inmigrantes irregulares, y en territorios indios, o dentro de la jurisdicción marítima y territorial federal.

Por último, la Instrucción presidencial obliga al Departamento de Justicia a modificar toda orden anterior en lo relativo a la aplicación del denominado ¨ Manual de Justicia ¨ sobre las revisiones anteriormente ordenadas por la Administración. Del mismo modo, y en un plazo de 90 días, esta Oficina valorará si la utilización de un solo componente en la inyección letal, el pentobarbital, se ajusta a las exigencias de la Octava enmienda, y como parte de este examen se evaluará si es necesario incluir otras formas de ejecución de conformidad con el Código Penal y de Procedimental Federal y se evaluará todas las posibles vías para reforzar la pena capital federal como un mecanismo útil para castigar los crímenes lo que incluye especialmente llevar a término la misma. A su vez, ordena al Departamento a tomar todas las medidas necesarias para obtener una reevaluación de los precedentes judiciales que han venido limitado la autoridad de los gobiernos estatales y federales para imponer la condena capital.  La Oficina Federal de Prisiones colaborará con los sistemas carcelarios estatales para asegurar que existen suficientes suministros de drogas letales y recursos para llevar a cabo las ejecuciones.

Por último, y como respuesta a la conmutación por parte del Presidente Biden de las 37 condenas por delitos federales, “el Departamento de Justicia procederá con la siguiente directiva: primero, se abrirá un foro público para los familiares de las víctimas para que manifiesten como estas conmutaciones les afectaron personalmente; segundo, se buscará dentro de la legalidad vigente la condena capital para los condenados conmutados por la legislación estatal, tras consulta con los familiares y otras partes interesadas; tercero, y último, se tomarán las medidas necesarias para que las condiciones de reclusión de los conmutados se corresponda con la naturaleza de sus crímenes, historial delictivo y demás consideraciones pertinentes.”

Se trata, por lo tanto, no solo de aranceles, sino de una orgía de crueldad como política de Estado, que va desde el chantaje a Ucrania, el impulso al genocidio en Gaza y al secuestro de personas y su envío a la súper cárcel de Bukele. En fin, con esta orden ejecutiva se produce la nueva entronización de la pena capital que la convención de Derechos Humanos de la UE prohíbe radicalmente en su primer artículo y abolida en México en 2005.

En todo lo expuesto y en el modo en que lo expresan presenta claramente su vesania, con la mentira y la falta de respeto a la verdad y al conocimiento científico, pues no solo está ya acreditado que la pena capital no tiene fuerza intimidante superior a la prisión perpetua, lo que se advierte además en que las tasas de homicidios no varían por disponer o no en cada Estado de pena capital. Se rompe además con una tendencia muy clara a la reducción de condenas y ejecuciones capitales en los últimos 20 años, como expresión del rechazo que comporta su crueldad y para evitar la condena irreversible de inocentes, así se han reducido desde los 98 ejecutados en 1999 a los 25 desde 2019 y siguientes. Por otra parte, más de 8 Estados han abolido la pena capital o han adoptado moratorias en los últimos 10 años de manera que en la actualidad la ha abolido 27 Estados, cuatro de ellos están sometidos a moratoria, es decir que se mantiene solo en 23 Estados.

La orden ejecutiva se levanta contra uno de los valores más señeros del Estado de Derecho, como es la prohibición de establecer castigos retroactivos, como ejecutar las penas capitales a quienes les han los sido conmutadas por el anterior presidente y su muerte sustituida por la prisión perpetua. Sufrirá el profesor Bessler, que ha puesto en claro que la obrita del Marqués de Beccaria estaba en todas las bibliotecas de los padres fundadores de Estados Unidos. Es, además, una humillación para más de la mitad de la ciudadanía americana que es contraria a la pena capital. La caída del favor a la pena de muerte ha alcanzado a bajar a la cifra desde el 80% de 1994 a un 53 %. Pero los extremistas abusan y mienten con mucho éxito.

La crueldad en las Constituciones y en los Convenios Internacionales

La concepción de la dignidad humana como un atributo jurídico de todos los seres humanos que los hace libres e iguales es fruto de una laboriosa construcción intelectual y política desde los viejos tiempos de la escuela de Salamanca. Pero van a ser los crímenes horrísonos vinculados a la Segunda Guerra Mundial, en especial el genocidio, el exterminio de razas y opciones políticas y la experimentación sobre los seres humanos lo que golpea las conciencias de los aliados que ganan la guerra cuando tienen que discutir el orden jurídico mundial nuevo. Ya en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y en las primeras Constituciones de postguerra, así como en las Convenciones europea y americana se consagra la dignidad humana y la proscripción de la tortura y de las penas y tratos crueles e inhumanos, instrumentada en la Convención contra ella de 1984. Su primer corolario fue la restricción de la pena de muerte seguida de su progresiva abolición o moratoria, pena que hoy se califica como pena cruel e inhumana, como auténtica tortura.
Se puede proclamar así que hoy la prohibición de la pena capital es ius cogens, sobre lo que se ha presentado por los autores de este libro en Berlín en noviembre de 2022 un Manifiesto que se muestra como colofón de este libro.

Índice y prólogo

Enlace a la obra en la editorial Tirant lo Blanch

Geografía de la crueldad. Lugares de ejecución 2

La crueldad carece de límites espaciales y tras la Geografía de la Crueldad I continuamos
viaje por rollos, picotas, lugares de ejecución y prisiones crueles por España y
América. Al exponer estas crueldades se desea estimular la sensibilidad propia de la
civilización contemporánea que rechaza siempre en nuestro tiempo las penas crueles,
ya sean las capitales, ya sean las privaciones de libertad que por las condiciones
en que esta se desarrolla constituyen una tortura y que prohíben las normas fundamentales
internacionales de los Derechos Humanos, en particular, el artículo 7º del
Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.

Índice y prólogo

Enlace a la obra en la editorial Tirant lo Blanch

Geografía de la crueldad. Lugares de ejecución 1

A finales del Antiguo Régimen las penas criminales, como la de muerte, las prisiones dantescas y la tortura como desvariado camino hacia la verdad, además de crueles por sí mismas eran ejecutadas con suma crueldad, causando males mucho mayores de los que pudieran resultar imprescindibles para cumplir con el sentido de la pena, males de lujo que diría Pacheco sobre el ensañamiento. Se advierte bien en los grabados de Francisco de Goya o en los Jacques Callot  y también en la pintura de la plaza de la Vicaría de Nápoles que se muestra en el libro: condenados a ser colgados de los brazos atados a la espalda, bailando descoyuntados en el aire de la pértiga, presos sin más alimentos que los que los familiares lanzan a las canastillas que penden a modo de cañas de las rejas de las celdas y la muerte como espectáculo mayor, con procesión de trompetas y timbales que lo anuncian por la ciudad para que nadie quede libre de presenciar el horror y sufrir el pavor con el que se pretende, en vano, que todos se acomoden al cumplimiento de la ley. La proximidad de lo cruel aviva la sensibilidad contra la crueldad. A ello pretende servir esta Geografía, que en este primer volumen alcanza España, Italia, Argentina y México.

Índice y prólogo

Enlace a la obra en la editorial Tirant lo Blanch

Abolición internacional de la Pena de Muerte: cuestión de sentido y sensibilidad

La abolición de la pena de muerte es una cuestión de sentido y sensibilidad. Es de sentido porque deriva de lo que hemos aprendido: la pena de muerte no sirve a una mejor prevención general de los delitos de sangre; es una pena que excluye la función resocializadora, que es la única legitimación de los castigos; el error judicial es más frecuente de lo que se cree, como se advirtió cuando se pudieron iniciar los análisis de pruebas con ADN y el error resulta irreversible.
Es, además, un asunto de sensibilidad, pues la ejecución capital se produce casi siempre de modo cruel e inhumano.
Por sentido y sensibilidad la interpretación de los artículos seis y siete del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos reclama que la proscripción de la pena de muerte sea considerada una exigencia de ius cogens.

Índice y prólogo

Enlace a la obra en la editorial Tirant lo Blanch

Novedades del último año

La Crueldad en las constituciones y en los convenios internacionales.

La concepción de la dignidad humana como un atributo jurídico de todos los seres humanos que los hace libres e iguales es fruto de una laboriosa construcción intelectual y política desde los viejos tiempos de la escuela de Salamanca. Pero van a ser los crímenes horrísonos vinculados a la Segunda Guerra Mundial, en especial el genocidio, el exterminio de razas y opciones políticas y la experimentación sobre los seres humanos lo que golpea las conciencias de los aliados que ganan la guerra cuando tienen que discutir el orden jurídico mundial nuevo. Ya en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y en las primeras Constituciones de postguerra, así como en las Convenciones europea y americana se consagra la dignidad humana y la proscripción de la tortura y de las penas y tratos crueles e inhumanos, instrumentada en la Convención contra ella de 1984. Su primer corolario fue la restricción de la pena de muerte seguida de su progresiva abolición o moratoria, pena que hoy se caliï¬? ca como pena cruel e inhumana, como auténtica tortura.
Se puede proclamar así que hoy la prohibición de la pena capital es ius cogens, sobre lo que se ha presentado por los autores de este libro en Berlín en noviembre de 2022.

Acceso a índice y primeras páginas

Geografía de la Crueldad. Lugares de ejecución 1.

A finales del Antiguo Régimen las penas criminales, como la de muerte, las prisiones dantescas y la tortura como desvariado camino hacia la verdad, además de crueles por sí mismas eran ejecutadas con suma crueldad, causando males mucho mayores de los que pudieran resultar imprescindibles para cumplir con el sentido de la pena, males de lujo que diría Pacheco sobre el ensañamiento. Se advierte bien en los grabados de Francisco de Goya o en los Jacques Callot  y también en la pintura de la plaza de la Vicaría de Nápoles que se muestra en el libro: condenados a ser colgados de los brazos atados a la espalda, bailando descoyuntados en el aire de la pértiga, presos sin más alimentos que los que los familiares lanzan a las canastillas que penden a modo de cañas de las rejas de las celdas y la muerte como espectáculo mayor, con procesión de trompetas y timbales que lo anuncian por la ciudad para que nadie quede libre de presenciar el horror y sufrir el pavor con el que se pretende, en vano, que todos se acomoden al cumplimiento de la ley. La proximidad de lo cruel aviva la sensibilidad contra la crueldad. A ello pretende servir esta Geografía, que en este primer volumen alcanza España, Italia, Argentina y México.

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Geografía de la Crueldad. Lugares de ejecución 2.

La crueldad carece de límites espaciales y tras la Geografía de la Crueldad I continuamos
viaje por rollos, picotas, lugares de ejecución y prisiones crueles por España y
América. Al exponer estas crueldades se desea estimular la sensibilidad propia de la
civilización contemporánea que rechaza siempre en nuestro tiempo las penas crueles,
ya sean las capitales, ya sean las privaciones de libertad que por las condiciones
en que esta se desarrolla constituyen una tortura y que prohíben las normas fundamentales
internacionales de los Derechos Humanos, en particular, el artículo 7º del
Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.

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Marino Barbero Santos: predicar con el ejemplo

Publicado por Carlos Castresana Fernández en Almacén de Derecho el 29 de junio de 2021

Su vida

 Marino Barbero nació en 1929 en Plasencia, Cáceres. Creció y estudió en esa histórica ciudad extremeña, y cursó sus estudios de derecho en la Universidad de Salamanca, donde se graduó con premio extraordinario. Discípulo de Antón Oneca, estudioso de la doctrina alemana e italiana, se doctoró en Bolonia, igualmente cum laude. Podríamos definirle como un jurista insigne, catedrático de derecho penal y autor de más de 150 libros –Política y Derecho Penal, Marginación social y derecho represivo, Ingeniería genética y reproducción asistida– y artículos; pero la enumeración de sus innegables méritos académicos no alcanzaría para describir al maestro, que lo es siempre por el ejemplo, más que por la erudición.I

Tímido, menudo, ensimismado, hablando siempre de manera pausada, sin levantar nunca la voz, Barbero transmitía una primera impresión de vulnerabilidad, acentuada por su dificultad para pronunciar la letra “r”, que arrastraba; pero esa falsa apariencia se desvanecía apenas se le escuchaba. Detrás de sus gafas de miope parecía un sabio despistado, pero era un comunicador excepcional que se imponía siempre por su conocimiento inagotable de la ciencia penal, sobre la que disertaba incansablemente con agrado, sin afectación, con argumentos; con seguridad y convicción pasmosas. Nunca consultaba libros, no llevaba notas. Hablaba, explicaba, razonaba, persuadía.

Acostumbrados como estábamos los estudiantes de la España de los últimos años del franquismo a catedráticos grandilocuentes que proclamaban a voces sus verdades inamovibles y vacías que no podían ser puestas en cuestión, la llegada a la Universidad Complutense en 1975 de ese señor calvo y pequeño de apariencia discreta, que arrastraba por los pasillos una cartera que parecía más grande que él, fue una revelación. Con Barbero aprendimos a conocer a Kant y a Hegel, a Carrara y Lombroso, Von Liszt y Carnelutti, pero sobre todo a Beccaria. Nos puso de manifiesto la dimensión histórica de Los delitos y las Penas, y de camino nos explicó sencillamente la verdad por nosotros desconocida del entramado jurídico penal de la dictadura que otros callaban. Eran tiempos turbulentos, y no faltaban estudiantes exaltados que faltaban al respeto e increpaban al profesor, como aquel día en que, explicando Barbero la que él llamaba ley de amnistía a la inversa de 1940, mediante la que el General Franco, interpretando retrospectivamente nuestra guerra civil, había declarado por Decreto rebeldes a los leales y leales a los rebeldes, le interrumpieron al grito de ¡libertad para Estonia, Letonia y Lituania! El profesor les contestó que estaba de acuerdo y continuó su lección sin inmutarse.

Fuimos conociendo entonces los pormenores de la accidentada carrera de Marino Barbero. Supimos que para poder acceder en 1963 a su primera Cátedra de derecho penal en Murcia, hubo de impugnar la decisión de las autoridades académicas que intentaron desposeerle de la plaza ganada por oposición al negarse él a jurar fidelidad a los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional, el ideario oficial del franquismo. Conocimos también que tituló Contra la pena de muerte su lección inaugural de toma de posesión, en un momento en que el régimen acababa de condenar a muerte y ejecutar a Julián Grimau, líder del Partido Comunista. Nos enteramos igualmente de que, ya catedrático en Salamanca, le fue denegado el pasaporte para impedir que atendiera una invitación de las universidades alemanas, suscitándose un incidente diplomático que no se resolvió hasta que el Gobierno presionado por Alemania, le permitió viajar. Esas informaciones nos confirmaron el inequívoco compromiso democrático del Profesor Barbero, que habíamos podido comprobar y disfrutar a través de sus enseñanzas, día a día, en sus clases magistrales. Por ello, no resultó una sorpresa que, más reconocido y apreciado fuera de España que en su propio país, fuera elegido para integrar el Consejo Científico Criminológico del Consejo de Europa.

No eran pues, solo las lecciones. Era el ejemplo de esa voluntad inquebrantable de contribuir a convertir a España en un Estado de derecho. Un día de examen de la cátedra, precisamente a la hora señalada, se presentó inopinadamente la Policía y ocupó la Facultad de Derecho. Era una práctica habitual. Entraban, retiraban los carteles de las organizaciones democráticas, todas ellas ilegales en aquellos tiempos convulsos, practicaban algunas detenciones, y se retiraban. Ese día, algunos estudiantes convocados al examen tuvimos que ausentarnos ante la presencia policial, pero el examen se celebró de todas maneras. Al día siguiente acudimos a visitar al Profesor y le expusimos el problema. Barbero nos escuchó, y sin hacer preguntas, nos dio una segunda oportunidad: nos hizo sentar allí mismo e improvisó para nosotros un nuevo examen. Gracias.

Marino Barbero también creó escuela. Algunos de los mejores Catedráticos de derecho penal españoles de la siguiente generación fueron sus discípulos: Luis Arroyo, Ignacio Berdugo, Juan Terradillos.

 

Magistrado del Tribunal Supremo

El reconocimiento definitivo de los méritos de Marino Barbero se produjo cuando en 1986 fue promovido al cargo de Magistrado del Tribunal Supremo, al que accedió por el cuarto turno reservado a los juristas de mayor prestigio. Se le nombró a propuesta del Consejo General del Poder Judicial, en el que a la sazón ostentaban mayoría absoluta los vocales designados a propuesta del partido socialista. No podíamos imaginar que ese reconocimiento, culminación en plena democracia de la carrera del profesor Barbero, también se frustraría, como había ocurrido en algunas oportunidades anteriores durante la dictadura.

En 1991, luego de la confesión de un arrepentido, se inició en el Tribunal Supremo la investigación del caso Filesa, una trama de corrupción y financiación ilegal del Partido Socialista y de sus campañas electorales. Los responsables de finanzas del PSOE habían constituido un entramado de empresas, Filesa, Malesa, Time Export, a las que importantes empresarios hicieron pagos multimillonarios en pago de estudios, informes o dictámenes inexistentes, entregas que en realidad hacían a cambio de la obtención de contratos oficiales y concesiones administrativas.

La investigación, inicialmente asignada a un Magistrado conservador que enseguida se excusó, correspondió a Marino Barbero. Conocido por su talante progresista, y habiendo sido nombrado Magistrado a propuesta del PSOE, todos esperaban que la investigación de Barbero concluyese enseguida sin mayores consecuencias. Se equivocaban. El Magistrado, cuya salud ya estaba quebrantada, se dedicó en cuerpo y alma a la instrucción del procedimiento.

Sin apenas ayuda, Barbero fue acumulando evidencias. Realizó una entrada y registro –un cateo- en la sede del Arab Bank, registró el Banco de España, obtuvo del Tribunal de Cuentas la contabilidad oficial del partido, y registró finalmente la sede central del PSOE. La imagen de la independencia judicial en las circunstancias más adversas se puede ilustrar con ese pequeño gran Magistrado del Tribunal Supremo personándose en un taxi frente a las oficinas del partido del Gobierno y llevándose toda la documentación financiera de las campañas electorales, ante la mirada atónita del taxista y de los medios de comunicación que inmediatamente se congregaron en la calle Ferraz de Madrid.

Se desató una campaña feroz de acoso y derribo contra Marino Barbero. Su investigación fue constantemente desacreditada por los medios de comunicación afines al Gobierno. Los barones del PSOE arremetieron con saña contra el Magistrado, rebuscando en su vida privada, publicando que no pagaba sus deudas –en realidad, un préstamo hipotecario que satisfizo mediante una dación en pago- asegurando finalmente el Presidente socialista de una Comunidad Autónoma, de cuyo nombre no quiero acordarme, que el Juez quería participar en la vida política abriendo y cerrando sumarios igual que participaba ETA poniendo bombas. El Magistrado, que había resistido como profesor las embestidas de la dictadura, resistió también como juez en democracia y siguió trabajando en silencio.

Solo en 1994 Barbero, que no solía hacer declaraciones públicas, respondió a la campaña de descrédito desatada en su contra, desde una sede académica, rodeado de los suyos, estudiantes y profesores, en la Universidad Autónoma de Barcelona: La independencia judicial es la última esperanza de la sociedad para combatir a un poder político corrupto y prepotente.

El Diccionario de la Real Academia de la lengua define la expresión íngrimo, utilizada sobre todo en América latina, como un adjetivo que significa solitario, abandonado, sin compañía. Se utiliza la expresión para definir, pues, más que a quien está solo, a quien ha sido dejado solo.

En febrero de 1995, Marino Barbero culminó su investigación solicitando de la Sala Segunda del Tribunal Supremo que diera curso al suplicatorio al Congreso, preceptivo para proceder al procesamiento por un delito electoral del Vicesecretario General del partido socialista, Alfonso Guerra, como responsable de la financiación ilegal de las campañas del PSOE. Guerra había sido Vicepresidente del Gobierno entre 1982 y 1991, y había tenido que renunciar por otro escándalo de corrupción. La Sala de lo Penal denegó el suplicatorio.

El juez entonces dio por concluida la investigación con 39 imputados, entre los que se encontraban dos altos responsables del partido socialista, uno de ellos senador y otro diputado. Solo entonces solicitó el amparo del Consejo General del Poder Judicial, previsto legalmente para los casos en que un magistrado ve perturbada la independencia judicial en el ejercicio de sus funciones. El Consejo le denegó el amparo.

Marino Barbero, íngrimo, renunció a la carrera judicial en julio de 1995, y regresó a la Universidad.

 

El juicio del caso Filesa

El caso Filesa llegó a juicio. Se acreditó la financiación ilegal del PSOE, y los principales responsables, incluidos el senador y el diputado que habían sido acusados, resultaron condenados. El Tribunal Constitucional ratificó más adelante esas condenas, y confirmó la validez de la investigación de Marino Barbero. La causa contra el presidente de la Comunidad Autónoma que había calumniado al Magistrado fue archivada. Alfonso Guerra nunca fue acusado. El Partido Socialista perdió las elecciones de 1996.

Marino Barbero no recibió nunca una reparación, ni siquiera moral, por los atropellos a los que fue sometido, por haber tenido que abandonar injustamente la carrera judicial el 31 de julio de 1995, abandonado de todos. Ese día, la independencia judicial recibió en España un golpe del que no se ha recuperado. Nunca se ha escuchado una disculpa del Tribunal Supremo ni del Consejo General del Poder Judicial. Barbero falleció en 2001. Salvo los académicos, nadie ha reivindicado después su figura.

 

La soledad de Barbero

¿Cómo pudieron negar su apoyo a Barbero los Magistrados de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, a pesar de que la evidencia de que el Partido Socialista había financiado sus campañas ilegalmente era abrumadora? ¿Cómo pudieron llegar a convertirse en los máximos representantes de los jueces españoles aquellos vocales que negaron su amparo a un Magistrado insigne que estaba siendo virtualmente linchado? No fue error, accidente o casualidad, sino consecuencia de la deliberación y acuerdo de los dos grandes partidos, PP –que también tenía ante el Tribunal Supremo una causa abierta por financiación ilegal, el caso Naseiro, que fue archivada sin juicio- y PSOE: porque no querían un poder judicial independiente, y no eligieron a los mejores vocales, sino a los más conformistas.

Sin embargo, una democracia no lo es solo por el sufragio, sino por la legalidad. No basta con que los gobernantes se renueven periódicamente en procesos electorales razonablemente transparentes. La democracia lo es principalmente porque la misma ley es aplicada a todos por igual. Y lo es también por la división de poderes, por su sistema de contrapesos: cuando alguno de los poderes se excede en sus atribuciones, hay otro que le limita. En un Estado de derecho, el poder judicial es el órgano de control por excelencia. Es así desde que lo enunció Montesquieu: que el poder frene al poder.

España es una democracia imperfecta, como tantas otras. Los españoles heredamos el poder judicial que tenemos, como el resto del aparato del Estado, a beneficio de inventario luego de una dictadura de 40 años. Como las demás instituciones franquistas, reformamos ésta lo mejor que pudimos durante la transición, y la pusimos a servir en el nuevo Estado social y democrático de derecho.

La experiencia acumulada nos ha enseñado que no hicimos lo suficiente entonces, y hoy pagamos las consecuencias. En la mayor parte de los casos sometidos a nuestros tribunales, el servicio público de la justicia española funciona hoy razonablemente bien, resuelve sin mucha demora los conflictos entre el común de los ciudadanos, y restaura mejor o peor el orden jurídico. Eso, naturalmente, no es noticia. Por el contrario, lamentablemente, en los pocos casos importantes en que están comprometidos los intereses de las grandes corporaciones o los individuos más poderosos, política, mediática o económicamente, nuestro poder judicial viene demostrando un déficit de independencia y una debilidad muy preocupantes.

La independencia judicial es mal entendida por algunos jueces como la prerrogativa de hacer lo que les parece sin rendir cuentas a nadie, pero esa interpretación resulta difícilmente sostenible: como no podía ser de otra manera, la Constitución nos garantiza la responsabilidad y la interdicción de la arbitrariedad de todos los poderes públicos, jueces incluidos.

La independencia, en realidad, no es un privilegio de los jueces sino una garantía de los ciudadanos: es el derecho fundamental del justiciable a que su caso sea resuelto por jueces que, sin aceptar presiones o intromisiones, se sometan únicamente al imperio de la ley.

La desigualdad está en las calles, en la sociedad; es la vida misma. No podemos cambiar eso. Somos desiguales por razones políticas, económicas, de género, de raza, de nacionalidad. La grandeza de la democracia consiste, precisamente, en que nos hemos atrevido a organizarnos de manera tal que, frente a la ley, todos debamos ser tratados como si fuéramos iguales; y para que el milagro de la igualdad ante la ley se haga realidad, hemos encargado a los jueces la tarea más difícil del Estado de derecho: impedir que la desigualdad de la sociedad traspase el umbral de los juzgados. De puertas adentro, todos iguales. Y para que cuiden de nuestra igualdad, hemos dado a los jueces la independencia: con ella tienen que hacer prevalecer nuestros derechos frente a todos. La independencia no es un privilegio de los jueces sino una garantía de los ciudadanos.

En estos años hemos visto cómo banqueros y constructores convertían las viviendas y las hipotecas de las familias españolas en productos comerciales y luego en productos financieros con los que han especulado en las bolsas hasta hacerlos reventar. Hemos visto también cómo algunos gobernantes gastaban sin tasa, financiaban ilícitamente a sus partidos –muchos otros escándalos han seguido a los de Filesa y Naseiro-, se enriquecían a nuestra costa, destruían el medio ambiente, y convertían en humo el futuro de nuestros hijos. Mientras eso ocurría, no pocos autos y sentencias del Tribunal Supremo y del Constitucional exoneraban con interpretaciones legales novedosas, en casos con nombres propios muy notorios, a los presuntos responsables de algunos de los fraudes más graves de nuestra historia reciente. Y en estos días de pandemia, asistimos a la tragedia de la pérdida de miles de vidas humanas porque la sanidad pública, privada de los recursos esenciales, es incapaz de responder como debería, mientras los desaprensivos se lucran impunemente de la necesidad imperiosa de equipos y material sanitario.

De todas las asignaturas pendientes de nuestra transición democrática, quizá la más trascendental sea la de la independencia judicial. En vez de promover siempre a los más capaces para que llegasen como vocales al Consejo General del Poder Judicial y velasen desde allí por la independencia de los jueces, nuestros gobiernos y partidos han elegido demasiadas veces a juristas de prestigio discutible, que se han limitado después a servir los intereses de quienes les habían promovido. Las consecuencias están a la vista.

La igualdad ante la ley y la independencia judicial son posiblemente las grandes quimeras de la democracia, pero son nuestras. Marino Barbero nos demostró con su esfuerzo y su sacrificio que sí se pueden hacer realidad. Su figura necesita ser reivindicada, hoy más que nunca. No solo ni principalmente por sus enseñanzas, sino por su compromiso, por su ejemplo; porque en tiempos de zozobra necesitamos más que nunca certidumbres morales.

Mujeres condenadas a pena de muerte

Con ocasión del Día Internacional de la Mujer, compartimos la presentación: “Mujeres condenadas a pena de muerte” de la profesora Rosario de Vicente Martínez.

 

What to Know if a Family Member or Friend Has Been Arrested

O’Mara Law Group

A friend or close family member has been arrested—now what? What are their rights? What are your rights? What can you do to help them, especially if they struggle with an illness, disability or mental health issue?

Here, the experienced criminal defense attorneys at the O’Mara Law Group walk you through the information you’ll need to get through this difficult time.

https://www.omaralawgroup.com/what-to-know-if-family-friend-arrested/